http://www.diariodeburgos.es/noticia.cf ... 9F1BF1003DEl duque de Lerma.
El valido es el Rey.
En su lecho de muerte, el culto y religioso monarca Felipe II le hizo una confesión a su consejero Cristóbal de Moura que habría de resultar una más que acertada premonición sobre el futuro de su imperio. En referencia al heredero de la Corona, su hijo Felipe, dijo: «Me temo que le han de gobernar». Pocas semanas después de la muerte del gran Filipo sus temores empezaron a hacerse realidad cuando el nuevo rey ordenó a Moura que dejara en manos de su hombre de mayor confianza todos los asuntos del reino. Felipe III exhibía así sus intenciones de delegar en un valido las cuestiones de la Corte con el fin de poder dedicarse él a menesteres menos onerosos como la caza y más placenteros como las artes, incluidas aquellas que se desarrollaban no tanto en los populosos corrales de comedias como en la intimidad de las alcobas.
El nuevo hombre fuerte, el elegido, fue Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, noble castellano (de Tordesillas) a quien el propio Felipe II había tratado de alejar de su hijo por la influencia que ejercía sobre éste nombrándole virrey de Valencia. Fue inútil. Felipe III, que se había criado con él, confiaba ciegamente en aquel gentilhombre al que meses después de su llegada al trono otorgó otro título nobiliario, precisamente con el que iba a pasar a la historia: duque de Lerma. Con todo el poder en su mano, lo primero que hizo Sandoval y Rojas fue eliminar a enemigos potenciales, bien quitándoles el cargo que ostentaban, bien desterrándolos para tenerlos lejos, y colocando en los cargos esenciales del imperio a familiares y personas de su confianza.
A esas alturas, el valido ya era el rey. En este sentido, existe una anécdota de lo más elocuente que certifica esta realidad. Al parecer, un soldado a quien urgía comunicar un sucedido llegó hasta el propio monarca, quien antes de escuchar las nuevas le instó a que hablara con el duque de Lerma, a lo que el buen oficial respondió: «Si yo pudiera ver al duque, no viniera a ver a Vuestra Merced».
La corrupción
Una de las primeras consecuencias del nepotismo instituido por Lerma fue la corrupción, que bajo su ala poderosa alcanzó cotas inimaginables. El lucro personal se antepuso al bien público. Uno de los ejemplos más sangrantes, calificado por los historiadores como «escándolo especulativo», fue el traslado de la Corte de Madrid a Valladolid, ideado por Sandoval y Rojas. No en vano, poco tiempo antes de que el monarca aprobara la mudanza, Lerma se aprestó a adquirir solares e inmuebles en la ciudad castellana que luego alquiló a precios desorbitados para el alojamiento de la familia real y todos sus cortesanos.
A la vez, como la marcha de los reyes había sumido a Madrid en una depresión económica y social, y a sabiendas de que algún día se produciría el regreso, Lerma y sus socios hicieron lo propio en la antigua capital, asegurándose pingües beneficios para el futuro. Además, los sobornos se convirtieron en el recurso habitual de quienes querían hacerse un sitio en la Corte, por lo que Lerma y sus secuaces iban incrementando su patrimonio a marchas forzadas. Del poder del valido se benefició la villa burgalesa de Lerma, donde trabajaron los mejores arquitectos de la época -su conjunto histórico es uno de los más impresionantes de estilo herreriano que existen junto con El Escorial- y donde acudían con regularidad no sólo poderosos personajes cercanos a la Corte, sino artistas de la talla de Luis de Góngora.
El principio del fin de su poder empezó en 1606, al descubrirse una serie de desfalcos a la hacienda pública en la que se hallaban envueltos dos de los protegidos del valido. Aunque poco le importó la caída de estos (que atizó él mismo), su gestión comenzó a mirarse con recelo. Una de las personas que más hizo por desestabilizar el poder omnímodo del privado fue la propia reina Margarita. Cabe imaginar que ésta le hablaría mucho a su esposo sobre la mala gestión de su hombre de confianza. Con la caída de sus principales socios, uno de ellos -Rodrigo Calderón- degollado en la plaza mayor de Madrid, y ante la inminencia de su caída en desgracia, que hacia el año 1618 parecía inevitable, en una última pirueta el hábil Lerma solicitó de Roma el capelo cardenalicio, lo que le salvó la vida. En los mentideros de la Corte se hizo popular esta coplilla: Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España, se viste de colorado. Recluido en el lujoso palacio de su ducado de Lerma, murió en 1625.
Este controvertido personaje tiene también defensores entre la legión de historiadores que han analizado esta época. Así, alaban su gestión política internacional por cuanto se ampliaron los territorios del imperio y se alcanzó una paz que, bien es cierto, no duró demasiado. No demasiados años después, Francisco de Quevedo escribiría con tino aquel soneto en el que hablaba de los muros de la patria suya, si un tiempo fuertes, ya desmoronados...

El duque de Lerma, por Rubens.
Museo del Prado